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Historia de Beijing

Beijing se convirtió en la capital de China en 1421 y permaneció como tal hasta la caída del régimen imperial en 1911. Los occidentales tenían prohibido residir en la ciudad hasta el siglo XIX y, anteriormente, todos los contactos comerciales se habían restringido a Cantón.

Desde 1911 hasta 1949 Beijing sufrió, como el resto de China, los efectos de las guerras libradas entre varias facciones que intentaban hacerse con el control del país. La invasión japonesa de 1931 fue seguida de una amarga guerra civil, que dio lugar finalmente a la supremacía comunista bajo el poder de Mao Ze Dong, y la fundación de la República Popular de China con Beijing como capital.

Los diez primeros años del gobierno de Mao consiguieron estabilizar una nación temerosa y humillada. En esta época se registraron grandes avances en la industria, la agricultura, la educación y la sanidad. Sin embargo, en 1966, Mao lanzó la Revolución Cultural, un verdadero ataque al pensamiento político y social liberal cuyas repercusiones pueden aún sentirse en todo el país. Tras la muerte de Mao en 1976, el Presidente Deng Xiao Ping inició la apertura gradual de China al resto del mundo, dando la bienvenida a inversores extranjeros y a turistas y animando a los empresarios chinos a establecer nuevos negocios.

El mejor lugar para comenzar a explorar la ciudad es la Plaza de Tiananmen, en la que Mao Ze Dong declaró la fundación de la República Popular de China. Aunque todo el mundo recuerda este lugar por los tristes acontecimientos de 1989, en los que se reprimió brutalmente la protesta de los estudiantes a favor de la democracia, la plaza constituye el espacio público más grande del mundo y uno de los centros turísticos fundamentales de la ciudad.

Situarse en ella (junto a otros miles de turistas), y contemplar la imponente majestuosidad de la Ciudad Prohibida al norte y el enorme retrato de Mao Ze Dong y la Puerta de Tiananmen, da una idea del enorme poder que los gobernantes chinos han tenido siempre sobre su pueblo. Por si esto no fuera prueba suficiente, basta con observar la interminable cola para entrar en el mausoleo en el que descansan los restos mortales de Mao.

Hoy, China es la segunda potencia económica del mundo y continúa su crecimiento a un ritmo trepidante.