Grand Place, Brussels
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© 123rf.com / Alessandro Bolis

Guía de viaje de Bruselas

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Belgium

El Parlamento Europeo ha encontrado en Bruselas su hogar ideal (Bruxelles en francés, Brussel en neerlandés). Esta ciudad de interior y capital de Bélgica limita con los Países Bajos, Alemania, Luxemburgo y Francia, lo que la convierte en una urbe multicultural y multilingüe situada en el corazón de la Unión Europea. Es por ello que la ciudad se autoproclama, no sin razón, la "Capital de Europa".

Aunque Bélgica celebró en 2005 el 175 aniversario como estado, la historia de la capital se remonta mucho tiempo atrás. En la Edad Media, Bruselas ya era un pujante centro mercantil. Sus habitantes heredaron la sabiduría de sus antecesores, quienes vivieron bajo el imperio de los romanos, españoles, austriacos, franceses, holandeses y alemanes, hasta que lograron la independencia en 1830. Hoy en día, Bruselas goza de una cualificada y flexible población activa. A pesar de que el país cuenta con poco más de 11 millones de habitantes, de los cuales menos de un millón habitan en la capital, los ciudadanos de Bruselas compensan esta escasez numérica con sus buenas dotes para la diplomacia, el compromiso y la negociación.

Además de estas extraordinarias características, los bruselenses gozan de un sentido del humor inteligente y poco convencional, que se sustenta en una fuerte sensibilidad en torno la extravagancia. Esto ayuda a explicar el origen belga del movimiento surrealista, que nació en Bruselas de la mano de René Magritte. Esta concepción juguetona e irreverente de la vida también se manifiesta en la afición nacional por los tebeos, divulgada por el mundo a través de Tintín, el pequeño héroe de Hergé.

La lengua es un asunto muy complejo y serio en la bilingüe ciudad de Bruselas (las dos lenguas oficiales son el francés y el neerlandés) que genera permanentes tensiones entre las comunidades. El francés es la lengua materna del 85% de los bruselenses. Irónicamente, Bruselas también es la capital de Flandes, donde se habla neerlandés. 

La imagen que la ciudad proyecta al exterior se ha visto perjudicada por esta diversidad y también por la naturaleza retraída de sus extravagantes habitantes, demasiado modestos para echarse flores. Bruselas no tiene iconos que hagan la competencia a la Torre Eiffel, aparte del diminuto y famoso Manneken-Pis, la estatua de un niño orinando.

Si se realiza la primera visita a Bruselas sin muchas expectaciones, ésta acaba siendo la más satisfactoria. Las estrechas calles de adoquines abren paso súbitamente a la bulliciosa Grand-Place, con sus floridas casas gremiales e impresionante consistorio. Sería difícil encontrar una plaza más bella en Europa. Los bares, restaurantes y museos se apiñan en el compacto centro de la ciudad, rodeado por un petit ring, que sigue la ruta de las murallas del siglo XIV que cercaban la ciudad.

La ciudad medieval se distingue claramente por sus estrechas y laberínticas calles, que contrastan con las construcciones posteriores, como los bulevares de estilo parisino de la época de Leopoldo II (Belliard y La Loi), próximos al deslumbrante barrio nuevo de la Unión Europea y que albergan en la actualidad embajadas, bancos y magníficos apartamentos de la burguesía. La clase trabajadora se concentra todavía en el barrio Marolles, a la sombra del Palais de Justice, aunque está zona cada vez está más de moda. Las nuevas comunidades de inmigrantes se están asentando en las decadentes zonas alrededor de la Gare du Nord. Las comunas vecinas, St-Gilles e Ixelles, atraen a un público más bohemio con sus tiendas y restaurantes de moda. La caminata merece la pena aunque sólo sea para echar un vistazo a los edificios Art Nouveau más hermosos de Bruselas, un estilo desarrollado por el bruxellois Víctor Horta, hijo de un zapatero.

Con una temperatura agradable (veranos cálidos e inviernos suaves) y una gran cantidad de lugares interesantes, Bruselas ofrece al visitante mucho más que excelentes cervezas y chocolates.